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Politica Minera
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Chile
Truth Below Ground: El oro cae y los bancos centrales compran
Desde la anterior edición, el tablero de juego ha cambiado: la firma del memorando de entendimiento (MoU) y la reapertura, aunque parcial, del Estrecho de Ormuz aliviaron la prima de riesgo geopolítico y el precio del petróleo se desplomó, justo cuando el estreno de Kevin Warsh al frente de la Reserva Federal despertaba en el mercado una lectura hawkish. El resultado de esa combinación ha llevado a un alza del dólar, que se sitúa en máximos de más de un año, y de los tipos de interés reales, convirtiéndose en el principal viento de cara para el oro y el conjunto de las materias primas. Con todo, la tregua ha resultado ser más una pausa que una resolución del conflicto, como hemos presenciado en los últimos días.
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El mercado de crudo llegó a descontar una normalización casi completa, descartándose el peor escenario —un cierre total y prolongado del estrecho—. A ello contribuyó de forma crucial el papel de China, que redujo de forma muy significativa sus importaciones de petróleo, tirando de sus enormes inventarios, actuando como amortiguador del shock por el lado de la demanda El oro cae y los bancos centrales compran.
Un matiz que consideramos importante: el abaratamiento del crudo no se ha trasladado a lo que realmente consumen los agentes económicos. Los crack spreads o márgenes de refino para convertir el crudo en productos refinados —el diésel en particular, input clave de transporte, agricultura e industria— se han disparado, sugiriendo tensionamiento en esta parte del mercado, mientras el crudo caía. La consecuencia recae sobre la inflación, cuyo alivio podría ser más limitado y transitorio de lo que sugeriría la caída del crudo.
Y sobre todo, la crisis dista de haber terminado. En los últimos días hemos asistido a una fuerte escalada: Trump ha declarado el alto el fuego «terminado», se han sucedido nuevas rondas de ataques mutuos e Irán ha vuelto a declarar cerrado el Estrecho de Ormuz. El Brent ha rebotado en respuesta por encima de los 85$ (a 14 de julio). El mercado, que ya había reducido su dependencia inmediata de Oriente Medio y estaba centrándose en otro foco, parece empezar a asumir que estamos ante un proceso de salida de la crisis frágil, con el MoU en el aire y un evidente riesgo alcista en el crudo latente.
En el frente de los datos macro más relevantes, la inflación estadounidense marcó su nivel más alto en tres años en mayo (4,2% interanual), para relajarse al 3,5% en junio. En el empleo, los componentes subyacentes apuntan a una debilidad relativa, lo que sugiere una economía todavía con crecimiento sólido pero con riesgos a la baja, y una inflación por encima del objetivo.
Sobre ese telón de fondo, el mercado ha interpretado el estreno de Kevin Warsh en clave hawkish o restrictiva. Aunque su verdadera orientación está aún por confirmarse, y los datos macro irán marcando el camino, la percepción dominante es la de una Reserva Federal dispuesta a mostrarse más dura con la inflación. La situación del empleo, de deteriorarse, supondría un serio reto para la autoridad monetaria en caso de que la inflación persista en niveles relativamente altos.
En consecuencia, como muestra el gráfico superior, tanto el dólar (ocre) como los tipos de interés (línea azul, del bono a 10 años en este caso) se han movido al alza en las últimas semanas, con un respiro tras la publicación del dato de IPC de junio. Un dólar fuerte encarece las materias primas denominadas en esa divisa y unos tipos de interés más altos, en términos generales, restan atractivo a los activos sin rendimiento como el oro.
El oro y la plata han seguido con su tendencia bajista y ya registran pérdidas en el año, de más del 20% en el caso de la plata (¿quién recuerda ya el fortísimo —y altamente especulativo— impulso alcista de comienzo de año?).
En esta ocasión ha pesado más el factor del dólar y los tipos reales que el conflicto en Oriente Medio. Así, el oro parece haber encontrado por el momento un soporte alrededor de los 4.000$.
En el corto plazo, buena parte del recorrido dependerá de hacia qué lado de la balanza se vaya inclinando el dilema de la Reserva Federal. A un lado, el escenario negativo para el oro en que se ve obligada a subir tipos ante el temor a una inflación persistentemente alta —alimentada por el factor energético—. Al otro, aquel en que un deterioro macro, y en particular del empleo, junto con un alivio de la inflación, acabe empujándola a bajarlos más adelante, un giro que históricamente ha sido favorable para el metal. Dos caminos opuestos cuyo desenlace irán marcando los datos.
Frente a ese debate de corto plazo, el argumento estructural más sólido en favor del oro sigue siendo la demanda de los bancos centrales, que ha comprado la caída con convicción, con China a la cabeza. La encuesta anual del World Gold Council lo confirma: la proporción de bancos centrales que planea aumentar sus reservas de oro en los próximos doce meses ha subido desde apenas un 5% en 2019 hasta el entorno del 40% actual.
En cambio, el inversor financiero norteamericano ha ido en dirección contraria: durante el primer semestre retiró capital de los ETF de oro, con salidas ligadas al inicio del conflicto con Irán (muy fuertes en marzo) y al mayor coste de oportunidad que imponen la fortaleza del dólar y los tipos reales (junio). No obstante, los flujos globales hacia los ETF se mantuvieron positivos en el semestre, sostenidos por la demanda asiática, y las tenencias globales siguieron cerca de máximos.
El cobre ha resistido mejor que otros metales: el contrato COMEX cotiza en torno a los 6,4 dólares por libra, con una subida cercana al 13% en el año, aunque en un recorrido muy volátil (de mínimos de 5,4 dólares en marzo a máximos próximos a 6,65 en mayo y junio). Lo más interesante, con todo, está bajo la superficie.
Conviene despejar primero una incógnita regulatoria que quedó en nada: el informe del Departamento de Comercio que los agentes del sector esperaban para el 30 de junio, que podía abrir la puerta a un arancel al cobre refinado (hoy exento, a diferencia del 50% que ya grava a los semielaborados), pasó sin anuncio. La indefinición mantiene cierta incertidumbre, aunque su efecto sobre el precio es más indirecto que el de los factores que de verdad han pesado recientemente.
El factor más estructural es el de la crisis del ácido sulfúrico, del que ya hemos hablado en anteriores ediciones. El cierre de Ormuz —por donde circula buena parte del azufre mundial—, agravado por la prohibición china de exportar ácido, disparó los precios.
Lo relevante es el giro reciente: con la normalización relativa de Ormuz, el azufre ha caído cerca de un 18% en el último mes, pero sigue muy por encima de los niveles previos a la guerra. Un alivio, por tanto, incipiente y frágil, con la prohibición china vigente hasta agosto y la reciente escalada en el conflicto reintroduciendo el riesgo.
Más allá del ruido de corto plazo, la tesis de fondo del cobre permanece intacta y encuentra un nuevo apoyo en el auge de la inteligencia artificial y los centros de datos, que se perfilan como un driver de demanda propio. Según datos de Benchmark, un centro de datos hyperscale consume unas 25 toneladas de cobre por megavatio, y se prevé que hacia 2030 los centros de datos representen más del 5% de la demanda mundial de cobre ligada a infraestructura eléctrica —y por encima del 25% en Norteamérica—. Un viento de cola estructural que, sumado a la electrificación y a la falta de nuevos grandes proyectos que puedan entrar en el mercado en plazo razonable, refuerza la solidez de la tesis del cobre.
En el informe sobre Sigma Lithium que publicamos hace unos seis meses ya defendíamos que el litio tenía potencial de recuperación, pero limitado: los fundamentales actuales no son los que propiciaron el rally de 2022. Seis meses después, el mercado se acerca a ese escenario. El carbonato de litio ha corregido cerca de una cuarta parte desde su pico de mayo. El catalizador ha sido la mina de Jianxiawo de CATL —una de las mayores explotaciones de lepidolita del mundo—, que tras casi un año parada obtuvo su permiso definitivo el 29 de junio y reanudó la producción. Que una señal así mueva el precio de esta manera parece reforzar nuestra visión de un mercado lateral, con recorrido ascendente pero limitado y tendente al coste del productor marginal, en buena medida por la elasticidad de la oferta, capaz de reactivar grandes proyectos que cubren la demanda hasta 2030.
Con todo, el precio suele ir por delante de los fundamentales en ambas direcciones. La corrección refleja temores en torno a las baterías de sodio y a un posible exceso de oferta, amplificados por un cambio contable que ha inflado los inventarios visibles en China; pero, como apuntan desde Macquarie, las existencias subyacentes siguen drenándose y esos riesgos parecen por ahora exagerados. Enfrente, la demanda ofrece un viento de cola estructural nada menor: el almacenamiento en baterías (BESS), que creció más de un 50% en 2024 —superando los 213 GWh, según Rho Motion— y se ha consolidado como un motor de demanda comparable ya al de los vehículos eléctricos.
El mercado del uranio ofrece una divergencia interesante: el precio spot cotiza en torno a los 85 dólares por libra, en un rango estrecho desde hace meses, mientras que el precio a largo plazo (term) —el mercado realmente relevante, del que se abastecen las eléctricas en su gran mayoría— no ha dejado de subir, desde unos 80 dólares hace un año hasta superar los 95. Como subrayan diversos analistas, la referencia que importa no es un spot adormecido, sino ese term, que refleja un déficit estructural gestándose bajo la superficie. Por el lado de la demanda, las señales apuntan con firmeza al alza: Urenco ampliará su capacidad de enriquecimiento en EE. UU. cerca de un 50%, mientras el Departamento de Energía estadounidense ha lanzado un programa de préstamos condicionales orientado a reconstruir la cadena de suministro nuclear del país y acelerar el despliegue de diez grandes reactores.
En la oferta, el periodo ha dejado algún que otro susto, aunque de escaso recorrido. Cameco suspendió Cigar Lake el 1 de julio por una avería en la planta de ácido del molino donde se procesa su mineral, pero ha anunciado esta misma semana el restablecimiento de la producción sin impacto en su guía anual. También anecdótico, aunque ilustrativo, es el caso de Lotus Resources, que ha tenido que detener su mina de Kayelekera (Malaui), en pleno reinicio y ramp up, por una combinación de problemas: retrasos en el suministro de ácido de terceros —vinculado al conflicto en Oriente Medio, el mismo hilo que ya señalábamos en el cobre— y daños en el horno de su propia planta de ácido, que aún estaba comisionando. Ello le ha obligado a renegociar con las eléctricas el aplazamiento de las entregas comprometidas para este año, sirviendo de recordatorio de lo exigente que es este sector desde el punto de vista operativo: hacer el ramp up de una mina de uranio rara vez sale según lo previsto.
Como cabía esperar tras lo comentado anteriormente, la corrección se ha trasladado a las compañías mineras, como refleja la siguiente tabla: todos los subsectores mineros caen entre un 10% y un 15% en el último mes, con la plata y el litio a la cabeza del castigo. En lo que va de año, sin embargo, la foto se bifurca de forma coherente con lo que venimos describiendo: aguantan en positivo las mineras ligadas al litio y cobre, mientras que las expuestas a los metales monetarios sufren el peso del dólar, los tipos reales y las ventas generadas por el conflicto con Irán. Conviene, en todo caso, no perder la perspectiva: a un año casi todos los subsectores acumulan revalorizaciones muy notables.
En nuestra opinión, este tipo de correcciones dentro de tendencias alcistas estructurales suele mejorar el perfil de riesgo de entrada en sectores y compañías que hasta hace poco cotizaban sobrecompradas y con un sentimiento excesivamente optimista, ahora ya depurado.
En este apartado conviene explicar por qué dedicamos tanto espacio al petróleo y a los refinados en la sección macro: porque su relevancia para el sector minero es directa. La energía es uno de los grandes componentes de la estructura de costes de una mina —desde el diésel de la flota de camiones hasta la generación eléctrica en emplazamientos remotos—, y en la edición anterior ya advertíamos del impacto del shock energético sobre las mineras y de su probable traducción en revisiones al alza de los costes en las guías.
La lectura de hoy es más matizada de lo que sugiere el titular: aunque el crudo ha corregido con fuerza desde máximos, lo que realmente consumen las compañías son productos refinados, y ahí la divergencia es notable —mientras el barril se desinflaba, los crack spreads se disparaban y siguen en niveles muy elevados—, de modo que el alivio de costes que llega a la cuenta de resultados es bastante menor de lo que el precio del crudo daría a entender. Cómo evolucione esa brecha es, hoy por hoy, una incógnita: dependerá de la normalización efectiva de los flujos de refinados y de la propia deriva del conflicto, y no está claro si los márgenes de refino cederán para reconectar con el crudo o si esta divergencia ha llegado para quedarse una temporada. En nuestra opinión, este es uno de los puntos que conviene vigilar con atención en la próxima temporada de resultados.
Un apunte que nos parece interesante para entender mejor la oferta de cobre es el que plantea Albert Mackenzie, analista en Benchmark: en la industria se suele repetir que construir una mina lleva diez, veinte o incluso treinta años, y de ahí se salta a la conclusión de que el déficit de oferta es inevitable. Pero, como señala, esa afirmación se refiere sobre todo a grandes operaciones occidentales en jurisdicciones tradicionales, donde los accionistas, el reporte trimestral y una legislación social y ambiental exigente ralentizan la inversión. El dato que aporta es demoledor: entre 2015 y 2025, la producción minera mundial de cobre creció unos 4 millones de toneladas, y la atribuible a compañías en manos chinas aumentó 2,7 millones, es decir, en torno al 70% del crecimiento neto del periodo, impulsada sobre todo por la inversión en proyectos en África (con la RDC como pieza central). Su conclusión no es que el desafío de oferta no exista, sino que solemos tener una visión excesivamente occidental de cómo puede cubrirse esa brecha.
La otra cara la ofrece Chile. El mayor productor mundial —en torno a una cuarta parte de la producción minera global— registró en mayo una caída de la producción del 13% interanual, acumulando en los cinco primeros meses del año un volumen materialmente inferior al de 2025 y moviéndose en la parte baja de su rango histórico. Los motivos son estructurales y no se resuelven de la noche a la mañana: activos envejecidos, caída de las leyes del mineral, restricciones hídricas y disrupciones meteorológicas ligadas a un fuerte episodio de El Niño. Es, precisamente, el tipo de dinámica que analizamos en profundidad en nuestro informe país sobre Chile como jurisdicción minera: qué está detrás de su pérdida de competitividad, qué puede cambiar con el nuevo ciclo político y qué señales conviene vigilar para calibrar la credibilidad de su cartera de proyectos.
Truth Below Ground
Mining research community.
Viernes, 17 De Julio De 2026, 21:49
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